J. M. Coetzee: un nobel sudafricano, un escritor hispanoamericano

cultura 06 de junio de 2018 Por
En la exposición Paseos de Nobel de Kim Manresa y Xavi Ayén, la foto del escritor sudafricano J. M. Coetzee no fue tomada en Ciudad del Cabo ni en Australia —donde vive—, sino en la ciudad española de Oviedo (Asturias)
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(NYTimes.com – Ciudad de México -por Jorge Carrión) Su vínculo con este país tiene grosor emocional. En el relato “Una casa en España” (incluido en Tres cuentos), habla de la casa que se compró en un pueblito catalán y leemos: “Desde que era joven sintió cariño por España, la España del orgullo taciturno y las viejas formalidades”.

Pero la relación con nuestra lengua se hace todavía más evidente en América Latina. Llevan su nombre un galardón literario que se entrega anualmente en Chile y una cátedra de la universidad de San Martín, que promueve las relaciones entre escritores de Argentina, Sudáfrica y Australia. En Buenos Aires también realiza lecturas periódicas en el MALBA y dirige una biblioteca de clásicos en la editorial El hilo de Ariadna.

Hay, además, dos proyectos audiovisuales latinoamericanos en marcha a partir de su obra: la adaptación de Esperando a los bárbaros del director colombiano Ciro Guerra y la transformación, firmada por el argentino Tristán Bauer, de su trilogía de Jesús en una serie de televisión.

coetze

Por todo eso no es de extrañar que hace unos días presentara en Madrid su nuevo libro, Siete cuentos morales, después de haberlo hecho también en la Feria del Libro de Buenos Aires. Un nuevo libro que se publica, para asombro de la comunidad libresca internacional, antes en español que en inglés.

Aunque el propio Coetzee haya declarado que le incomoda la hegemonía mundial de la lengua inglesa y su rechazo a los Estados Unidos de Trump, las razones profundas de ese gesto tal vez no haya que rastrearlas en la esfera de la geopolítica sino en la meramente textual.

En Desgracia (1999) —su última novela artesanalmente perfecta— el protagonista ya se había cuestionado la capacidad del inglés para representar el territorio sudafricano. Sus libros siguientes siguen formalizándose en esa lengua, pero renuncian conscientemente a la perfección compositiva y a los materiales prestigiosos, para ensayar ideas y personajes en clave de diario, conferencias, entrevistas o apuntes.

Tal vez el más emblemático sea Elizabeth Costello, que publicó en 2003, el mismo año que recibió el Premio Nobel. En el discurso de aceptación, “Él y su hombre” (incluido en Tres cuentos), insiste en la idea de la dificultad de escribir tal y como lo había hecho durante el siglo XX: “La antigua soltura para componer lo ha abandonado”.

Y en “El matadero de cristal” —el más perforador de los cuentos que componen su nuevo libro— Costello dice: “Empezó como algo serio y después cambió. Es el problema que tengo con la mayor parte de lo que escribo ahora. Todo comienza siendo una cosa y termina siendo otra”.

Esa ruptura con las convenciones genéricas y esas formas atragantadas se dan en paralelo a un alejamiento del territorio lingüístico anglosajón.

En Verano (2009) Coetzee ha muerto en Australia y alguien que lo conoció dice que ambos compartían la misma actitud hacia Sudáfrica: “Nuestra presencia en aquel territorio era legal pero ilegítima”. Por eso se consideraban “transeúntes, residentes temporales, y en ese sentido sin hogar, sin patria”.

De modo que es lógico que, en otro de los Siete cuentos morales, “La anciana y los gatos”, Costello viva en una aldea de la meseta de Castilla, donde confiesa estarse preparando “para el próximo movimiento”. Y que la trilogía en que trabaja Coetzee actualmente, cuyos dos primeros volúmenes ya han sido publicados en español (La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela), esté ambientada en un territorio donde se habla nuestro idioma.

Los protagonistas son una especie de refugiados que han hecho un curso de castellano de seis semanas, han sido bautizados con nombres españoles y son conminados a “limpiarse de recuerdos, no intentar conservarlos”. Son fugitivos de la lengua inglesa que se internan en un territorio nuevo. Son personajes alegóricos en una trama narrativa que, a propósito, está construida con torpeza, sin la sofisticación técnica y la excelencia estilística que le valieron al autor dos premios Booker.

La obra de Coetzee, plagada de intimidades congeladas, rechaza la pasión romántica, codificada por miles de escritores y artistas varones. El escritor sudafricano, con el desplazamiento de la voz masculina hacia personajes implacables y femeninos (desde Susan Barton de Foe hasta la misma Elizabeth Costello), nos fuerza a pensar en el lugar del hombre en el espacio político y simbólico contemporáneo. Sus libros, llenos de argumentos en contra de la masacre cotidiana de millones de animales, nos invitan a pensar en horizontes de respeto biológico y alianza con el resto de los habitantes del planeta.

Como si esos tres frentes de batalla no significaran suficiente vanguardia, la obra de Coetzee —finalmente—, tras ganar el Premio Nobel de Literatura por unos libros a su manera perfectos, contra nacionales y escritos en inglés, nos obliga con su desmantelamiento de las atrofiadas formas tradicionales y con el rechazo de la lengua inglesa desde su propio interior, a pensar las reglas de la representación artística y el imperialismo desterritorializado.

Un escritor radicalmente contemporáneo no debe olvidar nunca que la palabra vanguardia remite tanto al arte como a la batalla. J. M. Coetzee ilumina con bengalas rabiosas las principales trincheras de nuestro presente.

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