De Focas, cuzcos, teros y otros bichos

Opinion 18 de julio de 2018 Por
No en vano la literatura ha desarrollado el género de las fábulas con alguna moraleja; la comparación de algunas conductas humanas con la de los animales forma parte de nuestro bagaje intelectual como especie, tanto sea para obtener alguna enseñanza como para adjetivar intentando ridiculizar
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(CarasyCaretas.com.uy – Montevideo – por Ricardo Pose) Pero repasando mentalmente la literatura universal, la de matriz europea, la norteamericana, la rica y vasta tradición oral y escrita de América Latina, jamás habíamos encontrado una alusión a la foca.

Su autor seguramente, y esto no le quita gran mérito, alude además a una especie de foca, que es aquella amaestrada para, entre otras hazañas y piruetas, poder aplaudir.

La conducta de foca, entonces, aludiría a todos aquellos que en términos absolutos aplauden cualquier cosa; si bien este adjetivo se le ha endilgado a la colectividad política frenteamplista, lo cierto es que esa conducta trasciende banderas partidarias, es un comportamiento generalizado desde la existencia de oradores y públicos y, dentro de esto, las llamadas claques, barras organizadas para justamente aplaudir, ovacionar y alentar los perifoneos.

En términos absolutos sostenemos que precisamente las barras menos claqueadoras, más hipercríticas y cuestionadoras son las del Frente Amplio.

Que adjetivar de foca es producto de un intento de ridículo, mediocre, ya que en realidad lo que muchas veces se señala como aplaudir cualquier cosa que haga el gobierno o los dirigentes del Frente Amplio se confunde con sostener y argumentar las decisiones tomadas o no por el gobierno o sus dirigentes; no es raro, además, que estos intentos de baja estofa de reducir el nivel de discusión política vengan de tiendas nacionalistas. Quienes en la última década han tenido la chance de disputar el acceso al gobierno son lo que menos cultura y ejercicio de gobernabilidad tienen y, cuando la tuvieron, realmente no tenían mucho que defender.

Con esto queremos decir, que, en esa colectividad, la blanca en particular, faltan militantes capacitados, de los de a pie, que puedan sostener y argumentar la gestión de un gobierno que nunca tuvieron o las prácticas de una dirigencia política estructurada en torno a caudillos o pichones de ellos.

 

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 “Ladra y ladra, mas no muerde”

No pretendo que este artículo se convierta en un ensayo del uso de la fábula como recurso político, que bien podríamos empezar citando al más exitoso y primero de ellos, como ‘Juan el Zorro’ de Serafín J. García, y reconozco mis dificultades para escribir con mis aletas delanteras.

Fuera del mundo de la literatura, nacido en la arena política para integrarse al relato oral, la más recordada es la alusión de Germán Araújo de cuzcos rabones a dos legisladores; el comportamiento de cuzco rabón, conocido por todos quienes han tenido este tipo de perro, hace mención a la conducta del mismo descrita e inmortalizada en la canción de Tabaré Etcheverry ‘Cuzco rabón’, que en una parte dice: “Que en toda jauría de caza / No falta el cuzco rabón, / Ladra y ladra, más no muerde, / Presentada la ocasión”.

Si el futuro debate político es ganado por la mediocridad y la reductibilidad conceptual, nosotros podríamos decir que la conducta de este peculiar can sobrevive hasta nuestros días en los parlamentarios actualmente en la oposición. Minorías que sin haber obtenido por parte de la ciudadanía los votos necesarios para definir la gestión de gobierno, “ladran y ladran”, que también es su derecho como el de todo perro, pero sin aportar, salvo contadísimas excepciones, algo que aporte al bien común.

Claro, estos “ladradores”, además de ser parlamentarios tienen otra ventaja sobre los canes y es la difusión de sus ladridos por los grandes medios de comunicación. Así cualquiera ladra, aunque no se llame Antonio.

 

 “Gritar tero en una parte…”

Y tener en otra el nido es la práctica usual de la oposición. Maniobra de distracción que el plumífero animal tiene por instinto, se ha convertido en una práctica política permanente de quienes han sido desalojados de los centros de decisión y vieron debilitados su poder.

Gritan exigiendo seguridad pública, volviendo a sus barrios privados, donde además cuentan con seguridad privada y tecnología; gritan exigiendo más educación sin haber pisado jamás la vereda de una escuela pública; gritan contra las políticas impositivas para defender los márgenes de ganancias y rentabilidad de sus empresarios; gritan contra la organización y negociación colectiva protegiendo los intereses de las patronales.

 

librodeherrera

 Sapos y culebras

La frase es tan antigua como para formar parte importante de la iconografía religiosa; por estos lares la hizo popular Pepe Mujica para ejemplificar un poco groseramente la necesidad de una amplia política de alianzas.

Cuando algunos de sus aliados, entre los casos más recientes y resonantes, Jorge Saravia y Gonzalo Mujica, han hecho los méritos para ganarse la categoría de esos bichitos, y con motivo de discutirse en el Parlamento la elaboración de una ley que impida “la rapiña de las bancas”, diremos en defensa de los batracios y reptiles que esa conducta es más propia del tordo, ave que se sabe tiene la conducta de ocupar el nido ajeno.

 

 “El camaleón, mamá”

Vaya si en política es una conducta identificable el cambiar de colores, ¿no? En mi época, esa conducta referida a las simpatías futbolísticas, y sobre todo si este cambio de parcialidad era producto de los resultados del equipo, se le llamaba “pastelero”; pero lo del camaleón es otro asunto y, si se me permite, bastante más profundo. Porque el casi rastrero animalito cambia su color como una forma de defensa, adoptando el color del follaje o el terreno para pasar desapercibido y así evitar un posible ataque o, por el contrario, para poder atrapar su presa.

La etoecología -como ciencia del comportamiento animal- no tenía registro para estudios científicos sobre Edgardo Novick. Personaje que fue uno de los varios intentos de ese híbrido denominado Concertación, de blancos y colorados, y rosadito casi de apariencia, el salió a disputar el nuevo espacio político.

Con el polvo de varias derrotas a cuestas, Novick y varios legisladores, comprendiendo la profunda enseñanza de sobrevivencia del reptil saurópsido, han ido mutando sus colores.

 

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 Comadrejas coloradas

Luis Alberto de Herrera, en sus últimos cartuchos por la presidencia, hizo aquella alianza con el conocido Chicotazo, que, herido el primero en su orgullo por no obtener ningún cargo, acuñó la frase “Una comadreja colorada se ha ganado en el rancho de los blancos”.

De la brutal lucha dialéctica no escapaban las denominaciones con vivencias camperas aludiendo a la fauna e incluso la flora; en la hegemonía blanca o colorada era el color de la sangre del toro, el hueso del bagual, los huevos de gallina, el color del plumaje de los gallos, los equinos, las heladas, los ceibos, etc.

Eran términos duros, sin dudas, pero no existía la genialidad de la foca; reiteramos, obra de alguna mente que pasa muchas horas en parques acuáticos.

Pero, una vez más, en defensa del marsupial, de la zarigüeya criolla, aunque por estos lares sea más común la comadreja overa, no nos parece que esa categoría pueda ser adjudicada a la colectividad del partido colorado.

De Benito Nardone para acá ninguno de los colorados dirigentes del partido merecen ese despectivo mote.

El de bichos colorados tampoco, en defensa del club Rentistas.

Sólo a un sector de los colorados, tal vez, le cabría la denominación de cangrejos rojos.

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