El fin del fútbol-nacional

Opinion 29 de julio de 2018 Por
El fútbol-nacional es el zombi de un deporte sin alma. Navega a la deriva; el dinero comanda su viaje sin sentido. El capitalismo transformó el fútbol en una fuente de acumulación; la corrupción disolvió todo lo sólido y profanó todo lo sagrado. El Patrón-FIFA de fútbol amputó su espíritu para ese "hacer dinero" y no la alegría del pueblo
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(alainet.org – Brasil – por José de Souza Silva *) El fútbol-nacional no resistió. El fútbol-del-pueblo ha muerto. El jogo bonito del fútbol-de-equipo de selecciones nacionales es un fuego fatuo que se desvanece en la imaginación de generaciones del siglo XX; generaciones sub-20 acceden al fútbol-arte a través de documentarios en el YouTube. En 2010, la Copa fue una “Eurocopa ampliada” donde incluso, para fines comerciales, la estética melódica de las voces humanas de las hinchadas nacionales fue sustituida por el unísono sonido metálico de las irritantes Vuvuzelas.

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No se juega al fútbol como antes. Sólo importa el resultado y no la forma de alcanzarlo. El drible no es el protagonista del juego; el número de faltas ya supera el número de jogadas bonitas. La habilidad no es el único criterio para contratar jugadores, que son más altos y fuertes en el fútbol-fuerza, deporte-de-contacto que exige el Árbitro de Vídeo. Sin espectáculo, la violencia aumenta entre hinchadas insatisfechas dentro y fuera de los estadios. En el campo no vemos brillar a nuestro equipo, sino estrellas solitarias que brillan como oro de tonto y se queman en la hoguera de las vanidades. Auténticos jugadores-artistas —Pelé, Maradona— ganaron su aura en el fútbol-nacional y jamás perderán su carisma. Jugaban para la alegría del pueblo, como Garrincha. Hoy, estrellas cadentes de brillo efímero pierden su aura en plena carrera. Bajo la presión de un salario millonario, jugadores infieles de brillo fugaz juegan mal para su pueblo; sólo tienen buen desempeño en sus clubes-corporaciones. En sus selecciones nacionales, jugadores-apátridas juegan para los dirigentes de sus clubes y no para sus hinchas nacionales. El ejemplo extremo es Messi, que nació en Argentina por accidente geográfico, pues nunca jugó un campeonato nacional. En la Copa de 2010, ex mejores jugadores del mundo volvieron sin hacer un único gol por sus países: Cristiano Ronaldo, Kaká, Rooney, Cannavaro, Ribery, incluido Messi, el mejor de aquel año. Para ilusionar las sociedades de origen de esos jugadores, locutores de la Eurocopa hacen un esfuerzo patético y contradictorio para fingir que esos aún son “nacionales”. Por ejemplo, cuando Neymar juega por el Barcelona, esos locutores gritan "Gol del brasileño Neymar", pero cuando él juega por Brasil ellos gritan "Gol de Neymar del Barcelona".

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El jugador-commodity viabiliza el fútbol-comercial. Él es premiado por el individualismo y no por su juego-en-equipo. Frente a varios adversarios, prefiere perder el balón intentando un gol imposible que pasarlo a colegas mejor posicionados. Obcecado con su desempeño individual, él privilegia la falta para buscar el resultado para su club y no para su equipo. Si él avanza con el balón y le falta habilidad para driblar al adversario, lo derriba; si un adversario avanza con el balón y le falta habilidad para robarlo, lo derriba. En la perturbadora ausencia de jogadas bonitas, la televisión muestra la falta como protagonista de los partidos usando el efecto especial de la cámara lenta para "naturalizar" la supremacía de la fuerza sobre la habilidad. Países que transnacionalizaron a sus jugadores, como Brasil, forman su selección con jugadores-infieles y novatos que anhelan ser jugadores-apátridas. No son solidarios; compiten entre sí. Su país ya no les emociona; es el contrato en el exterior la fuente de pesadillas de los antiguos que compiten para mantenerlo, y de sueños de los novatos que compiten para conseguirlo. En 2010, brasileños naturalizados en otros países jugaron contra Brasil, mientras que, en la selección canarinha, brasileños tenían como adversarios compañeros del mismo club-apátrida que conocen su modus operandi. Así, selecciones ex campeonas mundiales difícilmente volverán a serlo, como Argentina en 2010, incluso con Maradona como Técnico, y Brasil en 2014, incluso como anfitrión de la Copa.

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¿Quién fue el campeón de 2018? No fue Francia, sino África donde tienen origen 14 jugadores (Kimpembe, Umtiti, Pogba, Mbappé, Dembelé, Tolisso, Kanté, Matuidi, Nzonzi, Mandanda, Fekir, Sidibe, Mendy y Rami) entre los convocados para la selección francesa. Florece el fútbol-transnacional. Antes del dominio del Patrón-FIFA, el apogeo del fútbol-arte incluyó selecciones nacionales alcanzando resultados con gracia: bellos dribles individuales y lindas jugadas colectivas propias del fútbol-de-equipo. A veces, un resultado 0x0 dejaba hinchadas nacionales satisfechas con el espectáculo presentado. En 2010, jugadas feas emulaban luchas del MMA; en el partido final brillaron doce tarjetas amarillas y una roja, y la jugada que quedó en la memoria no incluye el balón, fue la patada de Kickboxing del holandés De Jong en el pecho del español Xabi Alonso, emulando el patético gesto del francés Zidane en 2006, que sorprendió al mundo al despedirse de su bello fútbol-arte con un violento cabezazo en el pecho del italiano Materazzi.

El capital transnacional penetró al fútbol-nacional. El líder del proceso fue João Havelange, Presidente de la FIFA por 24 años, con apoyo de cómplices nacionales, como su yerno Ricardo Teixeira, Presidente de la CBF por más de 20 años. Comprando principios y vendiendo escrúpulos, ellos fabricaron el fútbol de “resultados comprados”. Ellos incluso inviabilizaron en el Congreso brasileño un proyecto de Pelé para moralizar el fútbol brasileño, llevándolo a renunciar al cargo de Ministro del Deporte por la impotencia para evitar el fin del fútbol-nacional. La corrupción se utilizó para matar al fútbol-nacional y construir la industria del fútbol-de-resultados; el fútbol-arte fue inescrupulosamente minado y el fútbol-comercial fue institucionalmente fabricado. Ya no hay motivación intrínseca entre jóvenes futbolistas. Su motivación ya no es su sociedad, como hoy en Brasil donde el sueño último de jóvenes talentos ya no es llegar a la selección verde-amarela, sino un contrato en el exterior. El fútbol fue transnacionalizado bajo la lógica de la mercancía. Unos transnacionalizaron a sus jugadores (Brasil, Argentina) vendiéndolos como commodities, y otros transnacionalizaron su fútbol (España, Italia) beneficiándose con el mercado de esas commodities. Pero, sin emoción, no hay pasión y sin pasión no hay compromiso. Estos países asisten a la decadencia de su selección nacional aun contando con muchas estrellas individuales, como Brasil en 2006, pero que no juegan como una constelación. La maldición de las campeonas no existe, como quieren analistas de estadísticas estériles al responder: ¿Por qué toda selección campeona en una Copa es eliminada en la siguiente? Tampoco la vergonzosa derrota de Brasil en 2014 se debió a un "apagón", como opinó el técnico Felipão, ni ocurrió "al azar" en 2018, como opinó Tite, y menos a la premisa de que “el fútbol es así mismo”, popular entre los que no cultivan el arte de la interpretación. Es el fin del fútbol-nacional practicado por jugadores-transnacionales indiferentes al fin del jogo bonito que hacía la alegría de su pueblo.

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El fútbol jamás será el mismo. Cambiadas por la FIFA, patrocinadora oficial de la corrupción en el fútbol, las Copas del Mundo del futuro serán entre clubes-corporaciones y no entre naciones, como en la Fórmula 1 donde compiten las escuderías y no los pilotos, que representan a sus propietarios y no a sus países. En la colonización, para aumentar su riqueza material, imperios del Norte colonizaron el Sur para saquear tesoros naturales. En la globalización —recolonización por otros medios—, el colonialismo continúa. Imperios futbolísticos del Norte saquean talentos futbolísticos del Sur (Messi, Neymar). Pero, al igual que Occidente no conquistó el mundo por ser "naturalmente" superior; tampoco es "natural" la superioridad del “fútbol europeo”. En la Eurocopa se asiste al fútbol en (y no al fútbol de) Europa; pocas estrellas son europeas. Reflejando la europeización del fútbol-nacional, las primeras Copas del siglo XXI anticipan la estética del fútbol del futuro. En la Copa, el campo no es un teatro para espectáculos encantadores donde brilla el arte del fútbol-nacional. El campo es una arena comercial disputada por mercaderes sin escrúpulos donde gladiadores despiadados —jugadores sin encanto— denigren el deporte con faltas sin sentido y resultados alcanzados sin la ginga-do-jogo-bonito. ¿Hasta cuándo? ¿A qué costo?

 

 

 

(*) José de Souza Silva, Texto escrito en 2010, cuando anticipaba que Brasil no sería Hexa campeón en 2014, y actualizado en 16-07-2018

 

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