Argentina elige nuevamente al peronismo en pleno derrumbe económico

Opinion 28 de octubre de 2019 Por
Argentina eligió nuevamente al peronismo con una fórmula que plantea grandes incógnitas. Pero los argentinos tienen otra chance de ganarse un futuro mejor al ejercer sus derechos en democracia, opina Cristina Papaleo
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(www.Dw-de – CABA – por Cristina Papaleo) En medio de una nueva crisis económica de gravísimas consecuencias, el peronismo de izquierda se impuso en las elecciones presidenciales de Argentina en la figura de Alberto Fernández, con Cristina Kirchner como vicepresidenta. A pesar de que el presidente Mauricio Macri salió mejor parado de lo que auguraban las encuestas, resultó ganadora una fusión de diferentes corrientes del peronismo que, para la mayoría de los argentinos, representa la esperanza de un futuro mejor en este tembladeral económico, y fue más fuerte que los temores de una vuelta al pasado. Pero la polarización persiste y es más profunda que nunca.

Esta victoria del peronismo llega después de cuatro años de gobierno de corte neoliberal de Macri, quien, pese a su voluntad de cambio, no logró que la economía repuntara y tomó decisiones que aumentaron la desigualdad social. Macri prometió "pobreza cero", algo prácticamente imposible de alcanzar en pocos años y en un país con problemas económicos profundos y estructurales, con décadas de gobiernos con un grado mayor o menor de corrupción, crisis económicas cíclicas y endeudamiento permanente. Las inversiones extranjeras que anunció Macri jamás llegaron. Tampoco logró frenar la inflación; por el contrario, esta se disparó y a finales de año rozará el 59 % anual. La respuesta a esas promesas incumplidas la dieron las urnas este domingo (27.10.2019).

La política de ajuste de Macri fue, sobre todo al final, confusa e ineficiente, y dio prioridad a los resultados macroeconómicos. Tuvo que tomar las mismas medidas kirchneristas –congelamiento de tarifas, default selectivo, cepo cambiario, control de capitales- de las que se declaró enemigo acérrimo. El fracaso económico de Cambiemos demostró que para sacar a un país de la crisis no basta solo con buenas intenciones ni con medidas favorables a los organismos de crédito. En una democracia bien entendida no se puede dejar en último lugar las necesidades de la población. Que esto sucede muy a menudo en América Latina se está reflejando en los sacudones actuales en países como Chile y Ecuador. Sin embargo, la brecha social también es cada vez mayor en Argentina, y si allí no hubo protestas masivas es porque la gente esperaba que hubiera un cambio de signo político en estas elecciones.

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Y lo hubo. Argentina ha vuelto a optar por un modelo popular. Pero la incertidumbre y las perspectivas económicas no dejan lugar a recetas populistas, sino que requieren urgentemente de creatividad y de medidas contundentes para enfrentar la grave crisis y poder vislumbrar una salida. La pobreza aún golpea a 16 millones de personas, uno de cada tres niños pasa hambre, y el país está sumido en una profunda recesión. El crédito de 57 mil millones de dólares que Macri pidió al FMI, y que el futuro gobierno tendrá que renegociar, es una carga aún más pesada para un país económicamente al borde del colapso y donde el futuro de las próximas generaciones ya está empeñado.

Frente a ese panorama, las incógnitas con respecto al próximo gobierno son muchas. El dúo Fernández-Fernández carga con el peso de décadas de kirchnerismo, de un estilo autoritario y salpicado por la corrupción, a las que los ciudadanos dijeron basta en 2015. La principal interrogante ahora es de qué manera se manifestará la influencia de Cristina Fernández de Kirchner y cómo actuará la justicia en las 13 causas por corrupción en su contra con las que está siendo procesada. En cuanto a la estrategia económica, Alberto Fernández no ha definido aún con exactitud qué medidas piensa tomar para enfrentar la debacle económica, por ejemplo, para evitar que la inflación siga en aumento. Estas medidas serán, seguramente, nada agradables, y tendrá que negociarlas frente a Macri, jefe de la oposición, con un alto costo político y social. Pero si Fernández contempla medidas fiscales y monetarias sensatas, y una actitud amistosa hacia la renegociación de la deuda, podría generar confianza. Habrá que ver si el peronismo tradicional puede llevarlas adelante, y cómo reaccionan a esas medidas el ala kirchnerista y de izquierda. Lo que este gobierno sí definió claramente en su campaña es que garantizará el respeto a los derechos humanos y a la equidad de género, y que apoya la ley a favor del aborto legal, seguro y gratuito. También en esa área tendrá que demostrar que cumple.

Alberto Fernández tuvo, desde el comienzo, un discurso moderado y conciliador, y Cristina Kirchner debería, si aprendió a escuchar a la gente, apoyar esa actitud  -desde el segundo plano que eligió a consciencia-, con una madurez que tanta falta le hace a este país, donde la grieta político ideológica sigue abierta y obstaculiza que la unidad reine sobre las diferencias, en pos de un mayor desarrollo para todos. Ahora se verá si el peronismo puede, con la fórmula Fernández-Fernández, gobernar sin caer en luchas internas, algo que no siempre fue posible, y hasta tuvo alguna vez consecuencias trágicas para el país. No se debe olvidar que Alberto Fernández renunció en 2008 a su cargo de jefe de gabinete del gobierno kirchnerista por desacuerdos con Cristina Fernández de Kirchner. Aunque es evidente que la líder política en la fórmula es ella, es de desear que la aparente armonía del binomio no sea solo maquillaje.

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También está por definirse en qué escenario internacional se querrá mover el próximo gobierno. La postura hacia Nicolás Maduro, en Venezuela, y la relación con Jair Bolsonaro, en Brasil, serán clave, así como su permanencia en el Mercosur, sobre todo para los lazos con Estados Unidos y la Unión Europea.

No se puede negar que la polarización persiste en Argentina. Y que seguirá persistiendo mientras las clases más pudientes solo traten de proteger lo suyo, mientras los empresarios atiendan solo a sus intereses, y los sindicatos a los suyos, y la clase política no se haga cargo de la fragmentación social, de una lucha eficaz contra el crimen organizado y la corrupción.

Mientras la esperanza ciega de que todo cambie mágicamente sea la única respuesta, esa ceguera no permitirá ver que, para ser un país socialmente más justo y políticamente más confiable, Argentina necesita urgentemente otro modelo de desarrollo. Uno que concilie al campo con la industria y los servicios, para lograr un mayor valor agregado a los productos que genera. Uno que no excluya a ningún sector, sino que los integre, para que la industria se fortalezca. Que no expulse a sus expertos a buscar mejor suerte en el extranjero. Un modelo que logre estabilidad macroeconómica y también asegure la microeconomía. Que no catapulte a Argentina fuera del contexto internacional con recetas -ya sean populistas de izquierda, de derecha o neoliberales- falaces, simplistas y decadentes. Que no propicie la grieta política, sino que una al país en beneficio de todos. Los argentinos se merecen un destino mejor. Esta es una nueva oportunidad para ganárselo, ejerciendo sus derechos en democracia, ya sea desde el gobierno o desde la oposición. Eso nunca fue fácil, pero rendirse no es una opción, y los logros de 36 años de democracia lo demuestran.

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