¿Qué pasaría con Mauricio y Cristina si llegara un Macron?

Política 15 de junio de 2017 Por Nuevos Papeles - CABA - Oscar Muiño
Dos de cada tres argentinos abomina de Cristina Fernández. Bajo la presidencia de Mauricio Macri, apenas un quince por ciento está satisfecho con su economía familiar
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(NuevosPapeles.com – CABA – por Oscar Muiño)  Así, aunque ambos simbolizan hoy los ejes principales de la política local y lideran las principales fuerzas en disputa, sus debilidades asoman, notables. Decepcionados e indignados superan a satisfechos. La ventaja de Macri es que muchos aguardan una mejoría. Por ahora.

Todo está dado –coinciden los encuestadores y expertos en opinión pública no contaminados– para la aparición de una tercera vía, capaz de cosechar el malestar de lo que hay sin caer en el disgusto por lo que hubo.

A pesar de esa disponibilidad, las terceras fuerzas no muestran bríos ni crecimiento. El tándem Massa-Stolbizer no logra concitar entusiasmo ni expectativa. Un puñado de intendencias en la inmensa geografía bonaerense y un crónico estancamiento en el resto del país. La ancha avenida del medio corre el riesgo, como siempre, de angostarse. Massa queda opacado por las figuras, hoy más fuertes, de Macri o de Cristina. Stolbizer corre el mismo peligro con la más potente Lilita Carrió. Vaivenes y veleidades de una opinión pública desconcertada.

Si todo sigue así, el próximo comicio se llevará a cabo en el modesto escenario de un combate entre La Intolerancia y La Frialdad.

 

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Macron, Macron…

Hace catorce meses no existía. En abril de 2016 un joven, fugaz y poco conocido ex ministro de Economía presentaba un nuevo partido y se proclamaba aspirante a Palacio. El desafiante Emmanuel Macron inventó En Marche! (¡En Marcha! en francés), cuyo nombre oficial es Association pour le renouvellement de la vie politique. Parecía imposible. La Quinta República Francesa había vivido sesenta años dentro de un sistema de coaliciones razonablemente estables, gobernado por conservadores republicanos o por socialistas.

El favorito era François Fillon. El ex primer ministro brillaba en las encuestas. Y en las urnas. En la interna conservadora primero lapidó al ex presidente Nicolás Sarkozy y luego aplastó al gaullista ortodoxo Alain Juppé. Más de cuatro millones de franceses concurrieron a la vibrante interna que celebró la derecha por primera vez en su historia. Fillon se probaba el traje presidencial.

Hasta que se descubrió que su esposa Penélope Fillon cobró durante décadas sin prestar servicios. Francia no exige, como Estados Unidos, fidelidad conyugal. Pero la virtud republicana castiga los enjuagues amorales.

Fillon, el hombre del día, se derrumbó.

El futuro se hizo inasible.

El desmoronamiento de los favoritos puso en valor a dos candidatos imposibles. Marine Le Pen, de extrema derecha xenófoba y Jean-Luc Mélenchon, un populista de izquierda. Ambos promovían retirar a Francia de Europa.

El oficialismo también se suicidó. Los socialistas no sólo terminaban una gestión mediocre, sino que llevaban un candidato enfrentado con François Hollande, el presidente de la República.

 

En Francia están volando por los aires los dos ejes históricos del régimen político: el Partido Socialista y Los Republicanos (en francés, Les Républicains).

 

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Ese harakiri masivo permitió a Macron inventar una campaña toma-todo que capturó voluntades socialistas –empezando por Hollande y buena parte de sus barones– pero también cosechó republicanos, conservadores, liberales.

Macron ganó la primera vuelta y aplastó a Le Pen en el ballotage. El pasado domingo arrasó en las elecciones legislativas y el domingo próximo, según todo indicio, el pueblo francés terminará de ofrendarle una contundente mayoría en el Parlamento.

En Francia están volando por los aires los dos ejes históricos del régimen político: el Partido Socialista y Los Republicanos (en francés, Les Républicains). Los Republicanos heredan viejas fuerzas. El cambio de nombre de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) fundada por el presidente Jacques Chirac que antes se llamó Unión para la Mayoría Presidencial, confluencia de Agrupación por la República (RPR), gaullista, y Democracia Liberal, más parte de la centrista Unión para la Democracia Francesa (UDF) y del Partido Radical.

La Quinta República admite la existencia de diversas fuerzas políticas que finalmente desembocarían en dos grandes coaliciones: una conservadora, otra de izquierdas. El ballotage imaginado por De Gaulle suponía que su fuerza dominaría el gobierno gracias a una segunda vuelta convocando votantes temerosos de la izquierda socialista-comunista. El sistema funcionó desde 1958 hasta que en 1981 François Mitterrand llevó al Partido Socialista al poder. Desde entonces, ha habido presientes conservadores y socialistas.

La victoria de Macron rompió esa antigua polarización y por primera vez en la historia del ballotage están ausentes al mismo tiempo socialistas y republicanos conservadores.

Salvadas las distancias, algo parecido ocurre en el Río de la Plata. Para ser preciso, en la provincia de Buenos Aires. El triunfo, al parecer, será tan esquivo a la sigla Unión Cívica Radical como a la del Partido Justicialista. Las listas 2 y 3 de 1983 (la lista 1 quedó para el entonces ultra organizado Movimiento de Integración y Desarrollo) exhiben sus decadencias. Podrán reinventarse y volver. Pero necesitarán más esfuerzo, imaginación y valentía de la que están mostrando hoy.

 

¿Ni peronistas ni radicales?

Se sabe, los radicales no presentarán listas en la provincia. Irán en Cambiemos, a cococho del PRO.

La novedad es que tal vez el peronismo no se presente como tal. O que, de presentarse, no figure entre los preferidos de la ciudadanía.

 

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Pero le demuestra cuán poco valora la histórica estructura, cuán poco parece necesitar algo fuera de sí misma.

 

Cristina Fernández actúa con audacia. Al admitir el pedido de Randazzo, parece regalarle el Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires. Habrá que esperar los vericuetos entre instituciones, derecho y política para ver cómo se desenvuelven los hechos, pero nadie esperaba una jugada como ésta, típica de líderes que no se asustan. No le cierra el PJ –el Partido Justicialista- a Randazzo –con lo que desaira a mucho macrismo político y periodístico–. Pero le demuestra cuán poco valora la histórica estructura, cuán poco parece necesitar algo fuera de sí misma.

Como se dijo en esta columna, CFK –Cristina Fernández de Kirchner- no admite desafíos. En su imaginario, una interna la pondría a la par con quienes no considera sus iguales. Lo dijo con todas las letras Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda. Cristina no va a competir con su empleado. Randazzo era ninguneado como dirigente y descendido al módico puesto de empleadillo (como si Cristina hubiera pagado su salario y no el Estado argentino).

Más allá de las múltiples violaciones al sentido de una República –no sé si Ferraresi lanzó su asombrosa proclama a propósito o sin percibir su demasía anti-igualitaria– la declaración ilumina.

De hecho, Randazzo solitario, sin competir con CFK, queda desamparado. Hasta hoy, es una figura razonable y tolerante, pero no termina de instalarse como primera figura. Un buen actor de reparto. A menos que produzca algo muy fuerte –o que el decorado mute demasiado– no parece tener chances de pasar de un dígito.

Por eso, quienes dicen ver una claudicación o una derrota de Cristina no parecen comprender su estrategia. O, tal vez, se apresuran en repetir las interpretaciones que Marcos Peña trasmite a la excelente buena voluntad de periodistas devenidos propagandistas. Un éxito para el jefe de gabinete cuyas virtudes de ventrílocuo no habían sido advertidas hasta ahora.

 

Su mensaje, nítido, es que quien la siga ahora tendrá que seguirla donde vaya en el futuro. Y no habrá Partido Justicialista en el que refugiarse si mañana quieren abandonarla.

 

Queda claro que Cristina aprovecha la necesidad de los intendentes del conurbano –particularmente de la numerosa Tercera Sección Electoral, la zona Sur del GBA-el Gran Buenos Aires- – para consolidar no sólo su liderazgo para este comicio, sino para quemar las naves a las que podían aspirar a regresar, en silencio, los preocupados alcaldes de barrio.

Su mensaje, nítido, es que quien la siga ahora tendrá que seguirla donde vaya en el futuro. Y no habrá Partido Justicialista en el que refugiarse si mañana quieren abandonarla.

Si la jugada resulta exitosa o fracasada, habrá de verse. Pero los jefes políticos siempre toman riesgos. No hay victoria sin audacia.

 

Si gana Mauri

 

Cambiemos se va pareciendo, cada vez más, a una piel de ocasión. El PRO empieza a descuidar la delicadeza. Sus modales se van haciendo más bruscos, como deslizándose hacia una baja tolerancia por lo ajeno.

Veamos.

Los dos distritos que gobierna el PRO –los más importantes del país, dicho sea de paso– son monocolores. Todos los ministros integran o reportan al PRO. En la provincia de Buenos Aires hay, por cierto, una cartera que dirige un radical, pero fue desmantelada y quedó, apenas, con el área de Ciencia y Tecnología.

La gobernadora de Buenos Aires es la figura más impactante del PRO. No sólo porque consiguió lo imposible –doblegar al peronismo en elecciones a gobernador por primera vez desde 1987– sino porque trasunta lo que no sobra en su partido: sensibilidad social, comprensión del sufrimiento ajeno, percepción de las dificultades de una familia corriente para llegar a fin de mes. Eso –y su carisma oculto, que estalló durante la campaña electoral– la posicionan en lugar privilegiado, incluso por encima de la popularidad presidencial.

Estilo completamente diferente al jefe de gobierno de la ciudad. Un hombre que creció con las propuestas entusiastas del renacimiento ultraliberal de los noventa, con aquel Grupo Sophia que supo armar, coordinar y dirigir. Y que, pese a sus posturas rígidamente librecambistas y pro empresa privada, terminó instalándose en las entrañas del Estado.

(Horacio) Rodríguez Larreta lleva un veintenio en la función pública. Arrancó como gerente general del ANSSES –la Administración Nacional de la Seguridad Social- de Carlos Menem. En el segundo mandato del riojano recaló como subsecretario de Políticas Sociales y Director del Fondo de Capital Social (FONCAP).

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Fue uno de los poquísimos menemistas que consiguió empleo con la Alianza. Fernando de la Rúa lo llevó de interventor al PAMI –Programa de Asistencia Médica Integral-. De allí volvió a la gestión peronista-menemista: el gobernador de Buenos Aires, Carlos Federico Ruckauf lo designó presidente del Instituto de Previsión Social. En 2001, recaló como director general de la DGI, la Dirección General Impositiva, durante los días de Domingo Cavallo. Y siguió algunas semanas durante la presidencia (Eduardoo) Duhalde.

En 2002 se vinculó a Compromiso para el Cambio, la fuerza de Mauricio Macri. Ahí comenzó a tener cargos partidarios: fue vicepresidente. Acompañó a Macri en su derrota de 2003, y luego en las victorias como diputado (2005) y jefe de gobierno (2007-11 y 2011-15). Fue jefe de gabinete de Mauricio y luego heredó la Jefatura de Gobierno en 2015, luego de doblegar en la interna a Gabriela Michetti, ganó con holgura la primera vuelta y con un inesperado susto el ballotage frente a la coalición ECO que llevó a Martín Lousteau con apoyo del radicalismo, la Coalición Cívica, el socialismo y diversas agrupaciones de centro-izquierda.

 

La duda Carrió

 

Hay otras figuras en danza. Como Elisa Carrió.

 

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Los encuestadores, igual que ella, advierten que el escudo Lilita ha sido eficaz, hasta ahora, para neutralizar los garrotazos –y los palos de ciego– que tanto el kirchnerismo como el Frente Renovador intentan sobre Mauricio.

 

Sin la fuerza de Mauricio y Cristina, pero más potente que Randazzo o Stolbizer, Carrió bucea en aguas profundas. Sólo ella sabe hacia dónde. Y lo hace con tenacidad, lejos de la falta de cálculo con la que muchos intentan desdibujarla.

Los encuestadores, igual que ella, advierten que el escudo Lilita ha sido eficaz, hasta ahora, para neutralizar los garrotazos –y los palos de ciego– que tanto el kirchnerismo como el Frente Renovador intentan sobre Mauricio. Aseguran los expertos en opinión pública que, despojado del escudo Carrió, Mauricio quedaría vulnerable.

Carrió se desentendió –voluntaria y deliberadamente– de buscar candidaturas para su Coalición Cívica para el comicio de 2015 y luchar por espacios para los suyos en el Poder Ejecutivo. Compartió con Ernesto Sanz la decisión –difícil– de no impulsar con fuerza su candidatura para potenciar a Macri, en la convicción que, si las PASO marcaban demasiada diferencia de a favor de Scioli, podría repetirse el efecto 2011, cuando la mala elección de Ricardo Alfonsín y Eduardo Duhalde en las PASO –las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias- potenció a CFK y derrumbó a quienes parecían sus rivales más competitivos.

 

¿Y los radicales? Esa es una historia diferente. Y otra nota, claro.

 

Esta vez, Carrió exige media docena de diputados entre Capital y provincia. Y algo más en el interior. Después del comicio comienza otra etapa. Y Lilita necesita un bloque propio, algo más fornido, que le permita explorar nuevas opciones.

¿Será Cambiemos? ¿No la entusiasmará su victoria para desafiar a Macri? Porque Carrió nunca dejó de postularse a lo largo de este siglo XXI. Fue candidata presidencial en 2003, 2007, 2011 y precandidata en las PASO 2015.

Un triunfo en la vidriera porteña podría abrir una nueva primavera. 

¿Y los radicales? Esa es una historia diferente. Y otra nota, claro.

 

 

 

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