La épica de la democracia

Política 11 de abril de 2017 Por
La libertad, sólo para los miembros de gobierno, sólo para los miembros del Partido, aunque muy abundante, no es libertad del todo. La libertad es siempre la libertad de los disidentes. La esencia de la libertad política depende no de los fanáticos de la justicia, sino de los efectos vigorizantes y benéficos de los disidentes. Si "libertad" se convierte en "privilegio", la esencia de la libertad política se habrá roto. Rosa Luxemburgo
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(UyPress.net – Montevideo – por Esteban Valenti *)  Hasta que la democracia, la lucha por la reconquista de la democracia, el sufrimiento por la democracia  la izquierda no la vivió en toda su intensidad, la democracia no asumió el sentido profundo de identidad que le correspondía. Hasta que no forjamos una épica de la democracia, no la integramos como una de nuestras principales banderas.

No es un proceso solo uruguayo, es general. En Italia, fue la lucha contra el fascismo, en España contra el franquismo y así podríamos seguir.

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Y esa incorporación de la democracia como un valor fundamental de la identidad de izquierda no fue ni es vivido por igual por todos los sectores y en todos los países y ni se asume de la misma manera. La batalla democrática, sin adjetivos, sin condimentos, como la defensa y la promoción de las mayores libertades civiles, individuales y colectivas y de los derechos en un sentido muy amplio y en definitiva como el avance de la libertad, es la síntesis más completa del progreso y se une a la libertad de la necesidad, a la libertad de la explotación y a la justicia social.

Fue la derecha, ante el brutal repliegue ideológico de la izquierda, del socialismo en el siglo XX en materia de libertades y de democracia la que logró instaurar la idea de que la democracia representativa estaba asociada al libre mercado, al capitalismo y cuanto más capitalista y más liberal en el sentido económico, más democrático. Ese relato fue una gran victoria cultural de la derecha, que en un mundo que se repliega en tantos frentes sin embargo ha comenzado a caer esa simplificación.

La democracia no es un simple instrumento para la lucha revolucionaria y para alcanzar un estadio superior de desarrollo social y nuevas formas de producción. Eso no funcionó así y no funcionará. Esa definición y el gracioso regalo que le hicimos a la derecha de las principales banderas democráticas, fue uno de los peores errores de parte de la izquierda en su conjunto y en especial de la matriz marxista y socialista.

La izquierda nació soldada, atada a la idea de la libertad civil, al fin de autoritarismo monárquico y feudal y fue incorporando las grandes banderas obreras en medio de la revolución industrial, de la emergencia de las ideas del socialismo y cuando se desprendió de esos valores originales, fue entregando terreno y cultura a las fuerzas conservadoras.

La democracia, su mayor expresión, el voto ciudadano con diversas opciones partidarias, el clima ideológico y político de debate, aún en inferioridad de medios con el poder tradicional, es el clima, el terreno fundamental del progreso de las ideas de izquierda, de las ideas liberadoras y superadoras de la explotación de los seres humanos.

Un voto un ciudadano, la base del sentido de ciudadanía es la mayor revolución política en la historia de la humanidad. Sería un horror entregarle esa bandera a las fuerzas conservadoras y de derecha.

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La dictadura del proletariado en su génesis en un determinado momento de la historia de Europa y de Rusia, en su práctica luego de la revolución de Octubre y sobre todo en sus profundas deformaciones en la URSS y en los diversos países socialistas, fue un error de enorme proporciones y por el que pagaremos durante mucho tiempo. Un error comprensible, explicable por razones históricas, pero en definitiva hubieron pensadores socialistas de avanzada que lo previeron y nos alertaron, Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci entre otros.

Y de ese error fuimos cautivos durante mucho tiempo y, en algunos países y partidos lo siguen estando, en América Latina. Se expresó por ejemplo en el abandono de las ideas libertarias y democráticas luego de la revolución cubana por la propia revolución, en las posiciones de fuerte respaldo a la dictadura del proletariado por parte de los partidos comunistas y socialistas, con matices y variantes y, el impulso a la visión foquista guerrillera. Todas esas situaciones y posiciones coincidían y se encontraban en un punto: en el desprecio de la democracia, en su descalificación y a lo sumo en su uso instrumental.

El apoyo a golpes de estado militares con declaratorias supuestamente progresistas, donde ciertos lineamientos programáticos justificaban la destrucción completa de la institucionalidad en diversos países y cuya máxima expresión fue el peruanismo militar y en nuestro país el apoyo a los comunicados 4 y 7 de las fuerzas armadas, no fueron respuestas tácticas, tenían un profundo sentido ideológico y facilitaron la obra de la derecha y del imperio para socavar las bases de la democracia en nuestros países y sumirnos en más de una década infame de dictaduras.

No hay que confundir este análisis con el enorme esfuerzo de parte de fuerzas civiles de la derecha de mezclar y confundir todo para encubrir, su complicidad y la participación de las alas más reaccionarias en las dictaduras y sus aparatos políticos.

¿No parece acaso una paradoja que fue con la democracia reconquistada, que la izquierda logró los mayores avances en toda la historia de América Latina? Inclusive en Venezuela, tan sumergida en medio de la actual polémica y de los avances represivos y dictatoriales, el golpe de estado de Hugo Chávez terminó en un desastre y pocos años después asumió el poder por las urnas.

La otra paradoja es que los triunfos en las urnas de la izquierda les dieron una estabilidad institucional a los países de la región como no se había conocido, en Bolivia, en Chile, en Ecuador, en Brasil, incluso en Uruguay.

Ahora asistimos a una contraofensiva de las fuerzas de la restauración y de la derecha a nivel mundial, en Estados Unidos, Europa, en Asia, en África y naturalmente en América Latina. Tenemos diversas alternativas: protestar y responsabilizar de todo a la derecha, hacernos los desentendidos y confiar en la fatalidad del progreso y del triunfo de las ideas de izquierda o apelar al sentido crítico más agudo e interrogarnos sobre las causas de ese avance político, ideológico y cultural de la derecha.

La posverdad, son los llamados " hechos alternativos"  por la asesora de Trump Kellyanne Conway para substituir la realidad y su racionalidad por relatos mentirosos y deformados que construyen "otra" realidad. Es lo mismo que hizo el fascismo y el nazismo en los años 30 del siglo pasado, pero en la era de la información y la globalización y han sido utilizados en la campaña de Trump, del Brexit y por la ultra derecha en Europa.

Hay otras tentaciones, sumarnos nosotros también a la posverdad, a construir relatos falsos y  retroceder hacia tentaciones antidemocráticas, no son operaciones separadas en general son coartadas para evitarnos respuestas complejas, profundas que partiendo de nuestra identidad, la refuercen y nos permitan ejercitar en toda su potencia el pensamiento racional y crítico de izquierda.

Los atentados a las libertades en Venezuela, el aferrarse al poder a costa del atropello a derechos e instituciones construidos por el propio proceso bolivariano, la deformación dinástica en Nicaragua son lo opuesto a la lucha por renovar en forma permanente el proyecto de la izquierda, como se intenta hacer en Ecuador, en Bolivia, en Uruguay, en Chile, con sus grandes flaquezas, sus debilidades pero sin tentaciones bonapartistas y antidemocráticas. Esperemos que en Brasil, también haya reservas y fuerzas para reiniciar a partir de un profundo proceso autocrítico.

Por eso la defensa de la democracia en todos nuestros países, no es un sacrificio que debemos hacer ante las libertades burguesas, no es solo una batalla de principios en la que renunciamos claramente a contraponer justicia contra libertad, es algo mucho más profundo, es la renovación de las raíces básicas de las ideas de izquierda, del socialismo en un sentido civilizatorio.

Es una batalla dentro de nuestras propias filas, dentro de la izquierda. Cuando se pretende pasar por alto un escalón más en la degradación democrática en cualquier país en aras de una supuesta solidaridad popular y revolucionaria, nos estamos precipitando en un terreno en el que siempre perderemos, aunque en algún momento parezca que contenemos la marea. Si nuestro proyecto es más justo, más libre, más adecuado a la evolución del ser humano en su cada día más compleja relación entre las clases, los sectores, los intereses y sobre todo la naturaleza, abandonar la democracia nos aleja irremediablemente del progreso y del avance.

No es una suposición, tenemos décadas de historia para demostrarlo, tenemos fracasos estrepitosos para recordarnos que ese camino termina en los derrumbes y en los desastres y tenemos la dura escuela de las dictaduras en nuestro continente para recordarnos que ese camino es un desastre.

La épica de la democracia hay que construirla con coherencia, con valentía, con audacia intelectual e ideológica todos los días y tiene enormes retos y peligros y por ello mismo es una épica.

La épica de la democracia, que puede y debe tener defensores muy amplios, debe además tener su propia ética, su propia moral, que es otro de los frentes fundamentales de la batalla progresista y de izquierda, sin por ello pretender apropiarnos en exclusividad de esas banderas. No sería democrático.

 

(*)  Esteban Valenti - Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de Agencia de Noticias Uypress

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