
El día que Julio César incendió la biblioteca de Alejandría (y otros desastres del centro del saber antiguo)
(www.NatGeo.com.es – Barcelona – Por Alex Sala *) A finales el año 48 a.C., Julio César se encontraba atrapado en el palacio real de Alejandría a merced de sus enemigos, partidarios del faraón Ptolomeo XIII. Su situación era desesperada y el general, “amenazado de verse interceptado de su flota, se vio obligado a rechazar el peligro por el fuego, que, al propagarse desde los arsenales, destruyó la gran biblioteca”.
Así explicaba el historiador Plutarco más de un siglo después del acontecimiento, como César decidió incendiar su flota amarrada en el puerto de Alejandría antes de que cayera en manos de sus enemigos. Una decisión que provocó, como efecto no deseado, la destrucción de gran parte del mayor templo del conocimiento de la Antigüedad.
Fundada a finales del siglo IV a.C. por Ptolomeo I Sóter, durante sus mil años de existencia la Biblioteca de Alejandría conoció muchos episodios que diezmaron sus colecciones, algunos tan destacados como el incendio provocado por Julio César o el legendario episodio que remató su destrucción definitiva, en el siglo VII d.C., a manos de las tropas árabes que conquistaron Egipto y que devastaron el venerable templo del conocimiento antiguo.

El incendio de César
Tras derrotar a Pompeyo el Grande en la batalla de Farsalia a mediados del año 48 a.C., Julio César llegó a Egipto persiguiendo a su ex colega triunviro y terminó involucrado en una nueva guerra civil, esta vez entre el joven Ptolomeo XIII y su hermana Cleopatra VII, que mantenían una lucha fratricida por el trono egipcio. Al principio, César trató de que ambos asumieran el gobierno conjuntamente, pero al cabo de poco se conoció la conspiración tramada contra César por el general Aquilas y el eunuco Potino, hombres de confianza de Ptolomeo XIII, que desencadenó los acontecimientos.
Tal y como relata Plutarco: “César la descubrió, rodeó de guardias la sala de los hombres donde se celebraba el banquete y dio muerte a Potino. Pero Aquilas, que huyó al campamento, suscita contra él una guerra dura y difícil de conducir, en la que César tuvo que defenderse con poquísimas tropas contra una ciudad y unas fuerzas tan enormes”.
Atrapado junto a su amante en el Bruquión de Alejandría, el distrito real en el que se encontraba también la famosa biblioteca, y protegidos por una exigua guarnición, el general romano tomó la audaz decisión de quemar sus propias naves, provocando un incendio que se extendería por toda la ciudad.
Cuarenta mil libros perdidos
En el siglo III d.C. Dión Casio completaba el relato sobre este episodio en su Historia Romana: “César atrincheró el palacio y los edificios cercanos y mandó construir fortificaciones hasta el mar. Entre tanto, llegó Aquilas [...] se atrajo inmediatamente a la mayor parte de los alejandrinos y se hizo con las posiciones más ventajosas. Después tuvieron lugar muchos combates entre ellos, tanto durante el día como por la noche y se incendiaron por completo muchos lugares, de modo que se quemaron, entre otros edificios, el arsenal, los almacenes de trigo y la biblioteca cuyos libros, según dicen, eran muchísimos y de gran calidad”.
Ni Plutarco ni Casio dan una cifra concreta del tamaño de la destrucción en la biblioteca, pero al recordar el episodio, Séneca afirmaba en su obra De la Tranquilidad del Ánimo (53-54 d.C.): “Cuarenta mil cuerpos de libros se abrasaron en la ciudad de Alejandría, hermoso testimonio de la opulencia real”. Séneca citaba a Tito Livio, contemporáneo al suceso, como su fuente.

En cualquier caso, la institución no dejó de funcionar, porque un par de décadas más tarde, el geógrafo Estrabón daba a entender que todavía en aquel espacio se reunían eruditos de todos los campos: “El Museo forma parte de los palacios. Tiene un paseo público y un lugar provisto de asientos, y una gran sala en la que los hombres de letras que pertenecen al Museo toman su comida común”.
Terremoto y tsunami
El 21 de julio del año 365 d.C., “se produjeron por todo el mundo fenómenos horribles, de una magnitud como no hemos encontrado jamás ni en mitos ni en narraciones verídicas de la antigüedad”. Así se refería Amino Marcelino al terremoto cuyo epicentro se localizó en la isla de Creta y que provocó un inmenso tsunami que tuvo devastadoras consecuencias por todo el Mediterráneo oriental.
Amiano Marcelino describe como un prodigio la retirada del mar anterior a la gran ola: “Tras una negra tormenta llena de relámpagos y truenos, toda la superficie de la tierra se vio sacudida y tembló; el mar se abrió y las olas se replegaron, de manera que quedaron al descubierto las profundidades [...] Fue entonces cuando, según se creyó, valles y montes enormes vieron por primera vez la luz del sol".
"El fondo del mar–continúa Marcelino–, bramando como si estuviera en desacuerdo con este retiro forzoso, se elevó a su vez y, a través de grandes superficies, se lanzó con violencia sobre islas y sobre la tierra firme, arrasando innumerables construcciones y templos, ya en ciudades o ya donde se topaba con ellas". El relato de Marcelino, que se encontraba en Alejandría en el momento de los hechos, no se refiere específicamente a la biblioteca, pero es de suponer que el edificio situado muy cerca del puerto, sería uno de las más afectados por el desastre.
demolición del Serapeo
En el punto culminante de las confrontaciones religiosas que sacudieron Alejandría durante el siglo IV d.C., en 392 d.C., el patriarca Teófilo, máxima autoridad cristiana de Alejandría, instigó a la muchedumbre a asolar el Serapeo, donde se encontraba la biblioteca "filial" fundada a mediados del siglo III a.C. Sócrates Escolástico, autor cristiano que vivió los hechos en primera persona, relata como los paganos "alentándose mutuamente, bajaron corriendo contra los cristianos. Y después de haber muerto algunos y heridos de otros, se apoderaron del Serapeo [...] Desde allí, como desde una especie de ciudadela, salían de repente y capturaban a muchos cristianos, y torturándolos, les obligaban a sacrificar".
El historiador eclesiástico Sozomeno completa el relato: "Se dice que, durante la demolición del templo, se encontraron unas piedras con caracteres jeroglíficos en forma de cruz, que, al ser examinadas por los eruditos, se interpretaron como la vida venidera". Así fue como el Serapeo fue tomado "y, poco después, convertido en iglesia", remata Sozomeno.
La destrucción definitiva ¿mito o realidad?
El 29 de septiembre de 642 las tropas musulmanas comandadas por el general Amr ibn al-As entraban Alejandría y expulsaban a los últimos reductos de resistencia bizantina de la ciudad y dio lugar al episodio que ha pasado a la historia como el final definitivo de la Biblioteca de Alejandría: "Y los libros fueron llevados y quemados y utilizados como combustible para los baños, hasta que no quedó ninguno".
Al-Quifti recogió el relato en su Historia de los Sabios, donde explica como el general Amr trabó a mistad con un teólogo cristiano de la ciudad, Juan el Gramático, al que el texto se refiere como Yahya al-Nahwi, que reclamó al conquistador "los libros de sabiduría que están en los almacenes reales; han caído bajo tu responsabilidad, pero no te hacen ningún servicio, mientras que nosotros sí los necesitamos".
Entonces, Amr "escribió al califa Omar pidiéndole instrucciones sobre qué hacer. Y recibió una carta que le decía: En cuanto a los libros que mencionas, si hay en ellos algo que concuerde con el Libro de Dios, entonces ya no son necesarios; y si lo que hay en estos libros contradice el Libro de Dios, no tenemos necesidad de ellos y puedes proceder a destruirlos. Amr ordenó entonces repartir los libros entre los baños de Alejandría para que fueran utilizados como combustible para la calefacción. Y se cuenta que tuvieron suficiente combustible para seis meses".
La veracidad detesta historia, repetida posteriormente por otros autores musulmanes y cristianos, es muy discutida. No es un relato contemporáneo a los hechos, al-Qatifi vivió en el siglo XIII, seiscientos años después del suceso, ni se basa en ninguna narración de la época.

En cualquier caso, parece una historia a la altura de la tragedia que supuso la pérdida de tan icónica biblioteca, que seguramente no debía ni existir cuando los musulmanes conquistaron Egipto. Probablemente, lo más parecido a la magna biblioteca fundada por Ptolomeo I debió perecer en el año 392 de nuestra era al quedar el Serapeo reducido a escombros.
(*) Àlex Sala, Periodista especializado en Arte e Historia del Arte


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