
Dragonadas, las campañas para forzar a convertirse a los hugonotes que les obligaban a alojar y alimentar a los soldados en sus casas
(www.LaBrujulaVerde.com – Madrid – Por Jorge Álvarez) Uno de sus atractivos turísticos es el llamado Chemin Royal du Boutières, un itinerario de cincuenta y un kilómetros desde Privas hasta Le Cheylard, a través del Parque Natural Regional de los Monts d’Ardèche, que es más conocido como Route des Dragonnades por un episodio histórico ocurrido allí en el siglo XVII: las Dragonnades («Dragonadas»), una serie de persecuciones decretadas por Luis XIV primero y Luis XV después contra los hugonotes y que deben su nombre a que le fueron encomendadas al cuerpo de dragones.
Los dragones eran soldados que podían combatir como jinetes, pero también a pie (de hecho, se los suele considerar infantería montada), lo que les confería una gran versatilidad y movilidad porque lo mismo les permitía participar en cargas de caballería que realizar misiones de exploración, operar en terrenos menos propicios para los caballos, etc. No se sabe de dónde viene su nombre; quizá de un estandarte cuyo motivo fuera un dragón mitológico, quizá de un tipo de arma de fuego -una especie de carabina- que llevaban en sus comienzos.
Aunque sus orígenes podrían remontarse al dimaca macedonio creado por Alejandro Magno -un jinete pesado que podía desmontar para luchar junto a las falanges, pero sin formar parte de ellas-, muchos suelen situar a los primeros dragones en los ejércitos españoles del siglo XVI, tanto en el teatro de operaciones europeo como en el americano. Es cierto que en la literatura alemana antigua se considera su inventor al conde Ernst von Mansfled, mientras que en Francia apuntan al duque de Brissac, pero en ambos casos se dan fechas medio siglo posteriores a las hispanas o más.
No obstante, son los dragones franceses los que nos interesan aquí, ya que, como decíamos antes, fueron los encargados de llevar a cabo una oleada de persecuciones contra los protestantes que por ello recibieron el nombre de dragonadas. Todo empezó en 1598, cuando el rey Enrique IV firmó el Edicto de Nantes autorizando libertad de conciencia y culto a los calvinistas, lo que ponía fin a las Guerras de Religión que habían asolado el país a lo largo del siglo XVI.

En realidad, se trataba de una concesión muy limitada que simplemente buscaba propiciar la coexistencia de ambas religiones y excluía a otras minorías. Al fin y al cabo, el monarca, un protestante convertido al catolicismo para poder subir al trono, establecía la primacía de la Iglesia Católica y la obligatoriedad de pagarle el diezmo para todos, así como de respetar sus fiestas. Además, había lugares de exclusión para las actividades de los hugonotes (así se llamaba a los calvinistas galos), como ciertas regiones, la corte y un perímetro de cinco leguas alrededor de París.
Esa pragmática tolerancia no impidió que, a principios de la década de los veinte del siglo XVII, los hugonotes se alzaran en armas bajo el liderazgo del duque Enrique de Rohan, con especial incidencia en el suroeste de Francia. Luis XIII reprimió la rebelión, pero la cosa derivó en una especie de guerra civil local que no terminó hasta que se negoció el Tratado de Montpellier, que permitía a los sublevados conservar algunas plazas. Sin embargo, la subida al poder del cardenal Richelieu en 1624 volvió a desatar las hostilidades.
Y es que convenció al rey para que no respetase el tratado, así que en 1625 se produjo una segunda insurrección que puso al ejército real, especialmente a la Marina, al borde de la catástrofe. Un nuevo acuerdo de paz, el Tratado de París de 1626, otorgaba a la ciudad de La Rochelle -capital de los rebeldes- libertad de culto a cambio de renunciar a tener una flota propia. Todo podría haber quedado zanjado de no ser porque en 1627 Inglaterra instigó a los rocheleses a levantarse de nuevo, prometiéndoles ayuda.
Ésta se materializó en la llegada del duque de Buckingham, que ocupó la isla de Ré con ochenta barcos y seis mil hombres, por lo que, en la práctica, aquella tercera rebelión hugonote se convirtió en una guerra anglofrancesa. Finalmente, los ingleses tuvieron que retirarse, faltos de suministros y diezmados por enfermedades. La Rochelle quedó sitiada y resistió más de un año a costa de perder a tres cuartas partes de su población. Pero finalmente tuvo que capitular y únicamente siguió resistiendo, en el sur del país, Enrique de Rohan.
Se rindió también en 1629 gracias a que, si bien el Edicto de Alais, firmado ad hoc, privaba a los protestantes de sus derechos políticos, territoriales y militares, a cambio les garantizaba libertad religiosa. No obstante, tampoco esta vez se iba a respetar: al acercarse el último cuarto del siglo el nuevo soberano, Luis XIV, haciendo gala del absolutismo centralizador que caracterizaría su reinado, decidió revocar el Edicto de Nantes mediante el Edicto de Fontainebleau de 1685: el catolicismo pasaba a ser la única fe admitida excepto en Alsacia, por haber sido conquistada recientemente.
Las iglesias de los hugonotes fueron destruidas o reconvertidas en católicas y sus escuelas cerradas. En realidad, el Edicto de Fontainebleau era la oficialización de unas campañas militares iniciadas cuatro años antes en Aunis, Poitou y Saintonge con el objetivo de obtener la conversión forzosa de todo protestante en suelo francés. Como las operaciones las llevaron a cabo fundamentalmente los dragones se denominaron dragonnades y los propios soldados recibieron el sarcástico apodo de missionnaires bottés o «misioneros con botas».

Había catorce regimientos de dragones en el ejército francés. Por su reseñada versatilidad, a menudo se empleaban no sólo como cuerpo de choque en batalla sino como fuerza de seguridad interna. Dadas las características de la misión encomendada, René de Marillac, barón de Attichy e intendente de Poitou, obtuvo del secretario de Estado para la Guerra, François-Michel le Tellier, marqués de Louvois, que había encargado la primera campaña de conversión forzosa, el permiso para que los dragones tuvieran que ser alojados y alimentados por los protestantes en sus casas.
Los soldados recibieron instrucciones para presionar a sus anfitriones y conseguir que aceptasen convertirse o emigraran, pudiendo incluso intimidarlos si era necesario. Se esperaba que tuvieran éxito porque las familias que aceptaban quedaban automáticamente eximidas de la obligación de hospedar a las tropas y se libraban así de los malos tratos y saqueos que éstas llevaban a cabo amparados en su cobertura legal. También quedarían exentos del aumento de impuestos decretado para los protestantes. El recurso tributario no era algo nuevo; ya se había aplicado antes, en 1675, con la Révolte du papier timbré o «Revuelta del papel sellado».
Fue un levantamiento popular en Bretaña provocado por el aumento de tasas sobre ciertos productos (vajillas de estaño, tabaco y papel timbrado) cuyos activistas enarbolaban una bandera roja y cubrían sus cabezas con bonetes del mismo color (de ahí que a ese episodio se lo conozca también como la Révolte des bonnets rouges). Fueron duramente reprimidos por Luis XIV recurriendo al mismo sistema que ahora se recuperó para la dragonadas y que suponía una situación de ocupación en la práctica, con pillaje, violaciones, etc.
En el caso de los hugonotes, parece ser que la idea no partió del gobierno sino de funcionarios locales menores, como el mencionado intendente de Poitou, que lograron convencer al ejecutivo. El resultado fue desigual según cada sitio. En esa provincia hubo unas treinta mil conversiones, mientras que en otras como Aunis o Santonge los protestantes prefirieron emigrar en masa, seguramente porque al ser costeras lo tenían más fácil. Se repartieron por la Confederación Helvética, la República de las Siete Provincias Unidas de los Países Bajos, el Sacro Imperio Romano Germánico (especialmente Brandeburgo-Prusia), Escandinavia y Nueva Francia.

El país más receptor fue Inglaterra, donde las dragonadas despertaron indignación y el rey Carlos II ofreció protección a los huidos, bien en su suelo, bien en sus colonias americanas. Un caso especialmente curioso fue el de Brasil, territorio portugués de ultramar donde se estableció una importante comunidad protestante fundando la ciudad de Saint-Louis-de-Maragnan, la única francófona del país y donde se conserva La Ravardière, el fuerte original, rehabilitado como ayuntamiento, al igual que un museo dedicado a contar esa peculiar historia.
El éxito obtenido por Marillac se vio ensombrecido por las noticias sobre los abusos que cometieron los dragones, que le costaron ser destituido y sustituido por su primo Lamoignon de Basville. Lo ordenó el ministro Jean-Baptiste Colbert, que alarmado por lo que le contaban intentó también poner cierto coto a aquello prohibiendo esa forma de conversión. Sin embargo, Colbert falleció en 1683 y Louvois tuvo así las manos libres para continuar con las dragonadas. Poco después se promulgaba el reseñado Edicto de Fontainebleau, que suponía dotarlas de envoltura legal y darles un nuevo impulso para su continuación.
En efecto, a aquellas primeras de 1681 les siguieron muchas más, una veintena en diferentes lugares -algunos repetidos, como Poitou- en cinco años hasta 1686: Vivarais, Chambon-Sur-Lignon, Mazet-Saint-Voy, Tence, Pau, Castres, valle del Ródano, Delfinado, Bergerac, Montauban, Lacoste, Mérindol, Lourmarin, Joucas, Cabrières, Vaudois, Cévennes, Normandía, Brie, Champaña, Rouen, Caen, Montivilliers, Gruchet-Saint-Siméon, Le Havre, Chartres, Dieppe, Nantes, Meaux, Sedán, Soissons y Metz. Mission rejetée, dragons missionnaires («Misión rechazada, misioneros dragones») se decía con sorna para describir el espíritu de las dragonadas.
A principios de 1685, Luis XIV envió un ejército a Bearne (la parte transpirenaica, francesa, de Navarra) en el pulso que mantenía con España. Fue entonces cuando el intendente Nicolas-Joseph Foucault manifestó al rey su deseo de unificar religiosamente la provincia, aprovechando la presencia de las tropas para usarlas contra los protestantes. Conviene aclarar que no sólo participaron dragones sino también fuerzas de infantería, sólo que los primeros solían preceder a las segundas y aprovechaban para saquear con más intensidad antes de que llegasen los demás, de ahí que se llevaran la peor parte de la fama y acabaran por dar nombre a sus fechorías.
Ahora bien, estadísticamente parecía obrarse un milagro. Pueblos enteros renegaban de su fe para abrazar la católica y se decía que tres o cuatro centenares de hugonotes se convertían diariamente, calculándose que el número total de los que lo hicieron debía rondar los cuatrocientos mil a finales de aquel verano, justo antes de la promulgación del Edicto de Fontainebleau. Ésta se aceleró porque el rey estaba entusiasmado con los resultados, a pesar de que la violencia atestiguada agravó la situación porque muchos protestantes eligieron resistir armas en mano.
Es lo que pasó en Alsacia, por ejemplo, que teóricamente estaba protegida por tratados, pero donde calvinistas y luteranos trataron de resistir a los dragones. En otros casos la gente aceptaba su bautismo católico de forma insincera, únicamente para librarse de la cruda alternativa, ya fuera en forma de represalias, ya debiendo hospedar y mantener a los soldados con el riesgo que ello conllevaba para la vida en el hogar. A veces lo hacían votando en asamblea, como pasó en Montpellier y Nimes. También hubo quien prefirió enterrar sus bienes y huir esperando retornar en tiempos mejores, aunque eso terminó detectándose y prohibiéndose.

Luis XIV, que no estaba bien informado porque obispos, curas, intendentes y militares le presentaban una imagen demasiado idílica, vinculada a la gracia divina y obviando los abusos, llegó a creer que el número de protestantes de Francia había caído drásticamente. Según las cifras que le facilitaron en 1686, se había pasado de casi un millón a apenas un millar y medio, por eso el duque Ann-Jules de Noailles, general al mando del Languedoc (donde veintiséis mil personas abrazaron el catolicismo en sólo seis días), le envió una carta explicando al milagro desde un punto de vista providencialista:
«Las conversiones han sido tan generalizadas y han progresado con tal rapidez que no podemos agradecer lo suficiente a Dios, ni considerar demasiado seriamente los medios para completar plenamente esta obra, dando a estas personas la instrucción que necesitan y solicitan con fervor».
Sin embargo, no faltaron voces discrepantes. Una fue precisamente de una conversa como la reina Cristina de Suecia, para quien era un sacrilegio tratar «nuestros santos misterios con demasiada ligereza» y que ponía en duda la sinceridad de las conversiones. Como es lógico, también hubo fuertes críticas de autores protestantes (el clérigo francés Jacques Pineton, el teólogo neerlandés Élie Benoît…), que en panfletos propagandísticos daban una cruda versión de los hechos -incendios, torturas, violaciones, robos y similares- que contrastaba con las defensas apologéticas de algunos autores católicos como el benedictino Denis de Sainte-Marthe o el jesuita Louis Doucin.
Lo cierto es que, entretanto, los dragones seguían actuando con contundencia; cuando terminaban su misión en una localidad se trasladaban a otra, atemorizaban a la población y conseguían conversiones por las buenas o las malas. Después, se intentaba compensar a los nuevos católicos reduciéndoles impuestos regresivos como la gabela o la talla. Pese a todo, en general las dragonadas resultaron perjudiciales para la economía francesa, pues muchos de los afectados ya habían pasado a formar parte de la incipiente burguesía urbana y otros eran eficientes artesanos en campos especializados como los textiles, la orfebrería, la relojería y la optometría.
La muerte de Luis XIV en 1715 hizo pensar a muchos hugonotes que terminaba su pesadilla y por fin podrían vivir tranquilos con su hijo y heredero, Luis XV. Lo hicieron un tiempo gracias a que era todavía un niño de cinco años cuando subió al trono y hubo un período de regencia a cargo del duque de Orleans, pero ya entonces volvió a recurrirse a los dragones para afrontar los brotes de descontento que había causado la anulación del Edicto de Nantes. La chispa había prendido en el verano de 1702 en las Cévennes y el Bajo Languedoc con el asesinato de François de Langlade, abad de Chayla, durante un intento de excarcelar a los protestantes detenidos. Como cabía esperar, fue considerado mártir.

Los responsables del crimen eran un grupo de campesinos y artesanos calvinistas a los que se conocía como camisards, camisardos en español, término occitano alusivo a la sencilla camise o blusón de lino que vestían a manera de uniforme para reconocerse en la oscuridad de sus acciones nocturnas, las encamisadas, táctica aprendida de los Tercios españoles. Como los católicos también se organizaron de esa forma para hacerles frente, ellos eran los camisardos blancos o florentinos (a los que se sumaban los cadets de la croix o «cadetes de la cruz») mientras que los otros fueron apodados camisardos negros.
En realidad, aquellos protestantes se hicieron llamar primero les inspirés («los inspirados») y luego los Raiòus («los Reales»), no se sabe si porque ese era el gentilicio extraoficial de la región o para dejar patente que no se levantaban contra el rey sino contra el intendente del Languedoc. Jean Cavalier, Pierre Rolland Laporte, Nicolas Jouanny y Abdias Maurel alias Catinat -irónicamente un ex dragón-eran sus principales dirigentes, pero había numerosos líderes locales más, profetas que preconizaban un despertar espiritual por inspiración divina, instando a sus seguidores a liberar a los compañeros encarcelados.
Pero los camisardos demostraron una brutalidad comparable a la de sus adversarios. En septiembre de 1703, por ejemplo, masacraron a los sesenta habitantes católicos de Saturargues y no se trató de un caso aislado, pues repitieron infamia en Brenoux aniquilando a otras cincuenta y dos personas, así como en Fraissinet-de-Fourques, donde asesinaron a cuarenta mujeres y niños católicos. Cierto es que no todos se comportaron igual, ya que hubo comunidades protestantes como Fraissinet-de-Lozère que prefirieron no sumarse a la rebelión y hasta le hicieron frente (lo que no evitaría que las represalias posteriores les alcanzasen también).

El papa Clemente XI emitió una bula de excomunión contra los falsos conversos y se encargó al mariscal de Montrevel la misión de poner fin al movimiento, para lo cual le fue asignada una fuerza de veinte mil soldados, reforzados con tres mil milicianos autóctonos y seiscientos migueletes mercenarios del Rosellón. Parecía suficiente para una campaña victoriosa, habida cuenta que los camisardos apenas superaban los dos millares de hombres; sin embargo, consiguieron resistir durante dos años recurriendo a una guerra de guerrillas amparada en su mejor conocimiento de un terreno que además les favorecía por ser montañoso y boscoso.
Sus éxitos les hicieron confiarse en exceso. En abril de 1704 Jean Cavalier, al mando de setecientos camisardos, se aventuró a un enfrentamiento abierto contra el mariscal Jacques de Jullien y fue contundentemente derrotado, viéndose obligado a rendirse al mes siguiente ante el mariscal Villars a cambio de vagas promesas que incluían su nombramiento como oficial del ejército real; terminó exiliado en Inglaterra, donde fue nombrado gobernador de la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha. Ese mismo verano Laporte, profeta y gran estratega que dirigía a cuatrocientos hombres y se negaba a negociar, fue traicionado y asesinado.
Uno tras otro, los sublevados fueron cayendo y la revuelta se dio por terminada, con casi medio millar de aldeas arrasadas, poblaciones enteras exterminadas y rebeldes ejecutados sumariamente cuando eran apresados con las armas en la mano. Montrevel ya había dejado claro que no se mostraría piedad la Semana Santa anterior, cuando ordenó que se quemase viva a una veintena de protestantes -niños incluidos- en el molino de Agau, cerca de Nimes. Los camisardos respondieron matando a decenas de católicos en Saint-Sériès, Sainte-Cécile-d’Andorge y Saint-Julien-des-Points.
Únicamente se produjo un rebrote entre 1709 y 1710 acaudillado por otro profeta, Abraham Mazel, que había sido el desencadenante directo de la guerra al liderar el asalto que acabó con la vida del abad Langlade y que terminó capturado y ejecutado en octubre. Pero para entonces sus efectivos se habían reducido a apenas un centenar y además Montrevel consiguió evitar que recibieran ayuda desde el exterior, concretamente de barcos británicos y neerlandeses, para lo cual había establecido un cordón que impedía el abastecimiento interno y externo. El asesinato final de Mazel, junto con el final de la Guerra de Sucesión, trajo por fin paz y estabilidad.
Al menos hasta que a partir de diciembre de 1744, ya reinando Luis XV, todo estalló de nuevo y se repitieron las dragonadas. Las primeras se desarrollaron durante cinco meses en la zona sur, en Millau y Rouergue, seguidas de otras en 1752 por el Languedoc. Después llegó una tensa calma de seis años que se rompió en 1758, afectando al Bearne, Guyena, Jonzac y Segonzac, para culminar el episodio al año siguiente en Chez-Piet. Las de Rouerge, Languedoc y Guyena fueron especialmente duras, en parte porque ya no eran sólo los soldados quienes las llevaban a cabo sino también bandidos disfrazados con uniformes que demostraron tener aún menos escrúpulos durante sus inclementes saqueos.
Al final se supone que hubo unas cuatrocientas mil abjuraciones, pero a un coste humano tremendo, calculado en torno a catorce mil vidas, con unos dos mil camisardos muertos en combate, mil ejecutados sumariamente, otros mil condenados a prisión, doscientos a galeras encarcelados y dos centenares más a pena capital -lo que a menudo incluyó tortura previa-, así como una cifra indeterminada de exiliados. También los católicos sufrieron bajas importantes, destacando los casi quinientos civiles asesinados.
En noviembre de 1787 Luis XVI firmó el Edicto de Versalles, al que era habitual referirse como «edicto de tolerancia» porque, si bien no autorizaba la libertad de culto ni permitía a los protestantes y judíos el acceso a cargos públicos y les obligaba a colaborar en el sostenimiento de la Iglesia Católica, sí les concedía estatus legal y algunos derechos -como casarse sin necesidad de convertirse-, lo que puso fin definitivo al conflicto.
FUENTES
Stephen M. Davis, The French Huguenots and Wars of Religion. Three Centuries of Resistance for Freedom of Conscience
Samuel Smiles, The Huguenots in France After the Revocation of the Edict of Nantes With a Visit to the Country of the Vaudois
P. F. Puaux, Histoire populaire des camisards
Eugène Bonnemère, Les dragonnades sous Louis XIV. Histoire des Camisards
Wikipedia, Dragonada.


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