El golpe, el terror y sus marcas en la literatura

La última dictadura, sus efectos 24 de marzo de 2022 Por Télam -com –CABA– por G. S. Sorondo y F. Deslarmes
En clave ficcional, los años de plomo se abordaron retrospectivamente apelando a registros varios. De entre ellos, la ficción macabra produjo textos de alta potencia metafórica. Télam repasó tres títulos que tocan esas cuerdas y conversó con sus artífices -Elsa Drucaroff, Hernán Domínguez Nimo, Luisa Valenzuela- a propósito de este aniversario, en la Argentina
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(www.Telam.com.ar – CABA – por Gabriel Sánchez Sorondo y Felipe Deslarmes) Si Rodolfo Walsh fundó la no ficción americana con su Operación Masacre (previa, según se ha dicho hasta el cansancio, al A sangre fría de Truman Capote), quizás la impronta de Oesterheld y su Eternauta configura inversamente, veinte años después, la primera metáfora montada sobre la usurpación del poder y el genocidio de Estado. Pero a diferencia de los fusiladores del ‘56, los golpistas que atacaron dos décadas más tarde irradiaron –por la metodología y dimensión de su alcance– algo que a primera percepción resuena sobrenatural, empezando por la categoría imposible del “desaparecido”. Encarnaban, en definitiva, el terror de lo no humano, cuyos límites, en consecuencia, superaron lo imaginable. 

“Irradiación” fue la palabra que utilizó el dramaturgo y psiquiatra Eduardo “Tato” Pavlovsky en su obra “El señor Galíndez” donde anticipaba los alcances del horror con premonición quirúrgica. Allí, uno de los personajes, el torturador Beto, le daba instrucciones pedagógicas un joven aprendiz del siniestro oficio mientras se preparaban para una sesión: “Escuchame, pibe, por cada trabajo bien hecho, afuera hay mil paralizados de miedo. Nosotros actuamos por irradiación”. La cuota de terror adicional surge de pensar que 30.000 se corresponde con la proporción indicada por ese personaje sobre los 30 millones de personas que había en el país al finalizar la dictadura. Y lo premonitorio se debe a que la obra fue puesta en escena en 1972, cuatro años antes del último golpe de Estado.

Aquella misma densidad siniestra que Oesterheld puso en viñetas llegó también a la ficción escrita y fue pulso de relatos de cientos de autores argentinos y extranjeros. De entre esa profusa producción elegimos algunos títulos donde el vínculo entre el terror y lo fantástico despliega un abordaje infrecuente.

 

"Por cada trabajo bien hecho, afuera hay mil paralizados de miedo. Nosotros actuamos por irradiación”

De un torturador a un aprendiz, personajes de la obra "El señor Galíndez", de Eduardo Pavlovsky

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El oscuro objeto del deseo

Aunque todos los relatos de Elsa Drucaroff en su último libro –Checkpoint– están atravesados por un ocultamiento propio de los setenta (María Rosa Lojo destacó de esta autora la capacidad aguda de “leer los traumas de toda una sociedad”) es el último cuento del volumen el que impacta con escalofriante precisión simbólica.

“Pájaros contra el vidrio” título que, por su extensión y consistencia, casi podría consignarse como nouvelle, es el cuento más largo de Chekpoint y el que cierra el volumen. En él se respira algo parecido a una trampa en la que caen sus propios protagonistas, hijos de padres desaparecidos que sólo en apariencia son ajenos a esa circunstancia. Una atracción magnética en ellos va del cuerpo a la memoria; de la indolencia respecto del pasado al estremecimiento de chocar frontalmente con él. Todo esto, traccionado por una misma pulsión ¿Eros y Tánatos? Con relación al mismo texto, preguntamos a su autora:

 

Télam: En Pájaros contra el vidrio los protagonistas comparten, además de un origen ligado al secuestro y asesinato de sus padres biológicos, una devoción sexual que a su vez los remite a la muerte. ¿Hay un lazo que une estas dos dimensiones del deseo y el espanto?

Elsa Drucaroff: En un sentido general, casi más como crítica que como escritora, diría, por un lado, que lo que quedó como horror indeleble de esa memoria está profundamente ligado al cuerpo: la desaparición de cuerpos vivos, la tortura, las violaciones sobre todo a las mujeres, la desaparición de cuerpos muertos, ese fue el modus operandi, el plan de acción sistemático. Por eso en la literatura que retoma este momento atroz de nuestra historia muchas veces aparece este cruce deseo-espanto.

Después, como el entorno del relato es turístico, me apareció la típica historia de un encuentro apasionado de vacaciones, esas relaciones de verano donde casi sin conocerse, dos personas se descubren viviendo una intensidad sexual asombrosa y luminosa. En esa intensidad se me fue apareciendo el fondo oscuro, algo desconocido incluso para los dos protagonistas pero que los junta más allá de lo que ellos pueden entender. Jugué con “entender”, no quise protagonistas necesariamente inteligentes, quise protagonistas ciegos, cada uno a su modo. Y claro, supongo que cuando ponés a “trabajar” esa intuición narrativa y sos de Argentina, y de mi generación, y además sos mujer, esa verdad sepultada y oscura que late debajo de las cegueras se tiñe de inmediato con la memoria horrorosa del terrorismo de Estado, o con la memoria milenaria de la opresión a los cuerpos de las mujeres, que son los dos ejes distintos que terminaron cruzándose en este cuento.

Una memoria de horror que llevás adentro por generación y por mujer se te materializa afuera como lo siniestro y así surge también lo sobrenatural, lo que está más allá de la comprensión racional y da miedo. A mí me dio miedo mientras escribía, creo que, si no te creés lo que escribís, no podés transmitir el miedo.

 

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T: ¿Cómo relacionarías esa clase de vínculo con la dictadura perpetrada en Argentina entre 1976 y 1983? 

E.D: La dictadura fue un proceso histórico y humano, no sobrenatural, analizable y explicable. También es históricamente analizable la decisión del Estado terrorista de exterminar a la militancia con un modus operandi ilegal y de crueldad sin límite. De hecho, como crítica he trabajado esos temas, por ejemplo y sobre todo en Los prisioneros de la torre. Pero el trauma que esto generó en nuestra sociedad perdura hasta hoy como algo siniestro, con un componente de terror incomprensible. Por eso creo que hay bastantes ficciones recientes o relativamente recientes que exploran las posibilidades del género terror en relación con la temática de la dictadura.

 

T: ¿Qué te despierta este aniversario en lo personal y como escritora?

E.D: Yo tenía 18 años cuando llegó el golpe de Estado y siempre digo que vino a interrumpir mi juventud. No la biológica, desde luego, pero sí cortó, puso punto final, a una Argentina en la que yo me había hecho adolescente, en la que había lugar para el entusiasmo, la esperanza, la seguridad de que mi generación iba a construir algo distinto y mejor. Fue como entrar a un freezer en donde la juventud siguió, pero con las luces apagadas.

Suelo pensar el 24 de marzo de 1976 como la fecha síntesis de una derrota, una derrota tremenda y aplastante que no fue sólo la de las organizaciones armadas o de algunos partidos de izquierda: fue la derrota de la voluntad de cambiar nuestra sociedad. Más allá de lo que cada uno piense sobre cómo se intentó este cambio, más allá incluso de lo que cada uno evalúe sobre si ese cambio era conveniente, esa voluntad existía y no reapareció tal vez hasta diciembre de 2001 y la irrupción de la esperanza kirchnerista, hoy bastante en crisis.

 

"El trauma que esto generó en nuestra sociedad perdura hasta hoy como algo siniestro, con un componente de terror incomprensible"

Elsa Drucaroff

 

 

La memoria del río

En “Los muertos del Riachuelo” Hernán Domínguez Nimo se mete “con y en” las densas aguas aceitosas a cuyos márgenes lo urbano se yergue pleno de contradicciones. Desde lo profundo de ese curso, parafraseando al poeta Cátulo Castillo, “donde el barro se subleva” emergen, en la ficción de Domínguez Nimo, seres caídos en busca de revancha. Reconvertidos en zombies encarnando, acaso, una forma de justicia poética, resurrección mediante, hay entre los emergentes quienes fueran arrojados vivos e inyectados con pentotal por los verdugos que habían usurpado el poder hace 46 años.

Acerca de esas páginas ficticias, pero tan metafóricas respecto de los días de plomo inaugurados en 1976, conversamos con el autor.

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Télam: Los argentinos tenemos con el río una relación conflictiva, inseparable del hecho de haber sido la gran tumba anónima que eligieron los genocidas para ocultar sus crímenes ¿Cómo llegó a ser el Riachuelo eje de tus relatos?

 

Hernán Domínguez Nimo: Cuando me propuse escribir sobre muertos vivos, no quise hacerlo por puro goce gore, sino vinculándolo a nuestra realidad. Entonces, la idea del Riachuelo, con todos sus muertos anónimos, se convirtió en el caldo de cultivo ideal para contar sus historias. Algunas las conocía, otras aparecieron mientras investigaba a fondo porque quería intentar, de alguna manera, abarcarlas a todas. Y de las que tocaba de oído —como la de los vuelos de la muerte— pude conocer mucho más a la hora de sentarme a escribir.

Pero Los muertos del Riachuelo habla de muchos otros temas además de los vuelos de la muerte, y de alguna manera todos son desaparecidos, algunos en época de democracia, quizás justamente por eso duelen más. Desaparecidos del hambre, desaparecidos de la policía, desaparecidos de la prensa, desaparecidos de la desidia. Ojalá algún día la lista se termine.

 

T: ¿Qué te despierta, en lo personal y como narrador –si se quiere, del género fantástico– este aniversario del golpe de Estado que instaló la noción de “desaparecido”?

H.D.N: Yo era bastante pendejo durante la dictadura, pero el tema de los secuestros y los desaparecidos fue algo que de alguna manera se filtraba en la atmósfera que se respiraba en casa, incluso en cosas que soñaba. No por algún conocido, simplemente estaba. Supongo que esas cosas con las que uno crece siempre son las marcas que terminan por colarse en los escritos. Como autor y como persona, el aniversario representa una prehistoria, algo que queremos pensar quedó atrás y no debería repetirse nunca más.

 

"Además de los vuelos de la muerte, hay algunos en época de democracia, quizás justamente por eso duelen más: Desaparecidos del hambre, desaparecidos de la policía, desaparecidos de la prensa, desaparecidos de la desidia"

Hernán Domínguez Nimo

 

 

 

La devastación

Dedicada “a Rodolfo Walsh, en memoria”, en “Realidad nacional desde la cama” Luisa Valenzuela revisa, desde la ficción y con una estructura teatral, la devastación psicológica y espiritual del autoritarismo.

“Mientras escribía esta especie de sainete –reveló Valenzuela en diálogo con Télam- tenía a presente a Rudy Walsh, un querido y muy admirado amigo; por su enorme coraje, su sentido del humor tan particular y su obra teatral La Granada”.

Desde el lugar menos pensado, la autora recurre el humor para exponer una condensación de la violencia ejercida desde distintas instancias de poder.

Publicada en 1990, la novela se anticipa a cuestionar desde la sátira y el grotesco el concepto del “fin de la historia”, de mirada única, que era un lugar común de esos años, al tiempo que obliga a revisar las marcas que dejó la dictadura en tiempos de indultos e intentos de impunidad.

En la novela, la inestabilidad política y el desorden económico y social de la Argentina de las décadas del 70 y 80, son elementos que llevan a la protagonista, que regresa a su tierra natal luego de diez años de exilio, a descansar en cama en la casa de country de una amiga.

Como aturdida, con cierta desmemoria la protagonista de la novela observa, padece y soporta con extrañeza una realidad donde es sorprendida por distintos dispositivos represivos personificados en una mucama, un televisor encendido, un grupo de militares, un desertor, un violador, un amante de múltiples personalidades y habitantes de la villa (síntesis de las consecuencias de la orientación económica de la dictadura y de la rebelión a los militares).

También aparece como un condicionante un país que pierde poder adquisitivo por minutos a raíz de una inflación descontrolada o con referencias directas a los alzamientos militares carapintadas (“los embetunados”). 

Imposiciones que se cuelan en la cama de la protagonista sin que pueda evitarlo, sirven a la autora para cuestionar un presente condicionado y complejo, pero desde el humor. Ese es el contexto en el que Valenzuela aborda e invita a reflexionar sus grandes temas: el deseo, el miedo y el poder.

 

Télam: Mientras escribías Realidad nacional desde la cama se hablaba del "fin de la historia", eran tiempos de "pensamiento hegemónico" ¿Cómo surgió que tu novela sobre los años de terror (que vis misma padeciste) debía ser abordada desde el humor, la ironía y el grotesco? 

Luisa Valenzuela: De alguna manera se trata de una obra autobiográfica. Autoficción, diríamos ahora, de la más pura estirpe. Viví acá los peores años de la Triple A y de la dictadura, los escribí en serio (en Aquí pasan cosas raras y Cambio de armas, respectivamente), por eso cuando en 1979 me invitaron como escritora en residencia en Columbia U. entendí que debía quedarme en Nueva York. Regresé en abril del ‘89 y me agarró el golpe de Estado económico a Alfonsín que llevó a la hiperinflación, al levantamiento Carapintada, al estallido social. Quise meterme bajo la cama, pero aproveché el icónico mueble para instalarme a escribir. Siempre supe que escribir es mi única forma de reconectarme con esta entelequia llamada realidad. En cuanto al grotesco, quizá se deba a mi convicción de que el humor es un perfecto escudo para atravesar los lúgubres lugares de los que habló George Steiner.

 

T: ¿Cómo se sitúa esa obra a 46 años del Golpe?

L.V.: Lo importante es seguir en la brecha. Temo que la cicatrización sea un proyecto infinito, porque cada tanto aparecen puntos de supuración muy perniciosos. Lo vivimos de cerca durante el gobierno anterior: cuestionamientos sobre cifras emblemáticas, negacionismos, desacreditaciones. Siguen latentes aún hoy, por eso conviene mantenerse alerta. Desde la sociedad en pleno. La literaria se hará eco de esos impulsos. El foco va cambiando si bien todo parecería estar concatenado (ni nosotros ni el país nacimos de gajo), y hoy nos desvelan esos vocablos que hemos aprendido no hace tanto tiempo: posverdad, lawfare, fake news. Allí, a mi buen entender, es donde entra en juego la ficción, capaz de transparentar una verdad que puede ir más allá de espurias intenciones. 

 

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T: ¿De qué forma aparecen en la literatura argentina las huellas de aquel horror de la dictadura?

L.V.: De las más variadas, y eso es lo bueno. Lamento no sentirme capaz de entrar en detalles y dar nombres: demasiados me quedarían en el tintero. Lo que me llama la atención es que, en ciertos casos, pienso específicamente en Elsa Osorio, pero de refilón me incluyo, hay una especie de ceguera ante el enfoque político en la obra de reconocidas escritoras argentinas. Quizá por tratarse de una mirada no canónica… Por eso agradezco la particular valoración de esta breve novela que nació como obra de teatro en tiempos convulsos, incómodamente teatrales, por cierto.

 

"Hoy nos desvelan esos vocablos que hemos aprendido no hace tanto tiempo: posverdad, lawfare, fake news"

Luisa Valenzuela

 

 

La novela Realidad nacional desde la cama fue publicada en Argentina, México, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Alemania, Austria y Corea del Sur y se tradujo al inglés, italiano, alemán y coreano. Y vale recuperar las palabras que le dedicó Julio Cortázar: “Leerla es tocar de lleno en nuestra realidad, allí donde el plural sobrepasa las limitaciones del pasado; leerla es participar en una búsqueda de identidad latinoamericana que contiene por adelantado su enriquecimiento. Los libros de Luisa Valenzuela son nuestro presente, pero contienen también mucho de nuestro futuro”.

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